CELIA RAQUEL ACEVEDO CAPCHA
AULA 202-B T-M
EL CAMBIO Y LA EDUCACION ACTUAL
En nuestros días el modelo de educación no está definido como ocurriera en otros tiempos. Nuestros padres y madres a menudo se quejan de la falta de disciplina, de respeto o de civismo que tiene la juventud actual, que no piensan en nadie, que son egocéntricos, que no ayudan, etc.
La mayoría de personas que superan la cifra de los cuarenta años manifiestan como en sus tiempos un adulto gozaba de respeto simplemente
por el hecho de serlo. Cualquier persona que tuviera una mayoría de edad
era respetado por los niños que lo veían como formadores de su educación, que podían participar en ella con un simple “¡niño, eso no se hace!”. Si esa persona era un maestro, un familiar o alguien responsable de su formación, era totalmente incuestionable la falta de respeto.
¿Ha variado algo desde entonces hasta nuestros días para que la situación experimente tanto cambio? Además, ¿no contamos actualmente con una gran cantidad de profesionales mucho mejor preparados que antes entorno a la educación de nuestros menores? Psicólogos, pedagogos, educadores en general e incluso libros y programas de radio, televisión y prensa entorno a “¿Cómo educar?”.
La educación es algo que nos importa a todos y por tanto es habitual plantearse que de todos los avances puede que algo falle.
El tema que planteo es motivo de muchos debates actuales, porque ciertamente en la sociedad del bienestar, donde los medios a nuestro alcance han evolucionado enormemente, donde apenas nadie puede decir
que no tiene acceso a la cultura porque no tiene recursos para ello; donde
los menores cuentan con una gran cantidad de profesionales que les apoyan y, por supuesto, poseemos libertad para pensar y expresarnos, parece inquietante que este magnífico marco teórico no sea más que, en la realidad de nuestro mundo diario, un escenario de conductas disruptivas desde edades tempranas donde la tarea de educar es cada vez más compleja.
“Psicólogos, pedagogos y técnicos de Menores han detectado un reciente incremento de los casos de familias con problemas por el comportamiento de niños de sólo 7 u 8 años. Se convierten en graves hacia edades de 13 o 14. Las familias necesitan información y formación”.
Aunque el motivo del posible cambio pueda estar influenciado por muchos factores, parece fundamental el papel del padre y madre, donde toma gran importancia el saber decirles “no”. Se ha comprobado que los niños desde su más temprana edad, con sólo meses, echan constantes pulsos con los padres, de manera que si lloran de repente porque quieren tal o cual regalo, y a la primera se les satisface, la próxima vez se verá mucho más reforzado en sus rabietas. Al cabo de varios años, de no utilizar la respuesta negativa hacia ellos, estos niños se sienten totalmente reforzados
y resultan niños caprichosos y consentidos los cuales obligan a sus progenitores a satisfacer todos sus deseos porque están convencidos que
“son los reyes de la casa”. Y el gran problema es que actualmente muchos padres y madres consideran que para no “traumatizar” a su hijo han de proporcionarle todo lo que le pidan, prácticamente sienten que tienen que seducirlos, sin darse cuenta que eso simplemente los convierte en seres malcriados que no saben apreciar nada de lo que tienen y que creen que se merecen todo porque sí.
Y es que a un niño se le educa día a día, dándole alegrías y sancionando sus malas conductas, con mucho afecto y dedicación.
Otro caso habitual es el de padres que pasaron una infancia muy dura y con muchas carencias sobre todo de tipo material. Es habitual escuchar como dicen la frase “A mi hijo que no le falte de nada”. Aunque en un primer momento pueda parecer positiva para ellos, no es más que una forma fácil y rápida de contemplar sus deseos y, por tanto, una forma de presentar una realidad equívoca donde todo nos venga sin esfuerzo ni tesón. Hablemos con él y miremos nuestros propios comportamientos.
Hay que exigir desde muy pronto la colaboración, y la voluntad de superación. Hemos de educar en el esfuerzo colectivo, empezando con el nuestro, y asociarlo con la recompensa. Y ejercer la autoridad, siempre mirando desde la óptica positiva.
Como dicen E. Prado y J. Amaya (2005): “El esfuerzo y la tenacidad son lo que da valor real a la vida; lo que se logra con trabajo y empuje, se valora, y por tanto, se respeta”.
La importancia, por tanto, de educar en el esfuerzo desde la Educación Inicial, queda justificada para proporcionar a los escolares una preparación para ir afrontando poco a poco las distintas etapas de su vida, dónde de una u otra manera, irán encontrando dificultades u obstáculos que tendrán que resolver mediante el esfuerzo.
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